lunes

ropa debajo


Y entonces mamá dijo que no, que el verano no volvía.
Que de acá en más, y cada vez peor,
 sería todo una desgracia arrutinada,
 maliciosamente coherente.
 Que después vendrá, pero ya no.
 Y saltó a guardar la ropa,
que sin gritar se mojaba, y
 nos dejó con su discurso
y nosotros sin amparo,
porque ya llovía, y era marzo, entonces,
nunca más la placidez de saber que la estación
          son dos brazos abiertos con los que volamos y vamos directamente al sol,
 y si no vamos, no importa, 
flota por allá 
la nube tibia del consuelo.
Pero el otoño es algo así como el abismo,
parece decir mientras pliega la ropa, mientras cobarde se calla.
Un abismo negro y sórdido donde aunque ya pasamos
tantos todavía no sabemos nadar, o nos parece que no
o nos queremos hacer los que no
y vení, ayudanos, nos parece decir
porque solos no
   y llueve.

sábado

bola de nieve


una fragmentación ideal para no tener que elegir qué parte del cuerpo destrozar. las armas son regaladas a todos los hombres, algunas mujeres dispersas, una vieja que tose, la música como las doce constantes, en compás regular, sobre los hombros, desde la montaña. cada uno elije una víctima sin saber elegir, porque sí, se suma una orquesta como de pájaros y elefantes, un chillido de amor espantado que huye hacia nosotros. los disparos se efectúan en ceremonia sublime, todos los hombres - ninguna mujer, ningún niño - caen en su coreografía pintoresca en la tierra seca, levantan el polvo, y aunque suenan tan fuerte sus impactos la orquesta no amaina su fuerza, es más, cada vez más, cada vez más violenta, el sonido de los colores, un crepúsculo en compás con el universo. Sólo eligieron una parte, unos los brazos, otros las piernas, los dedos de los pies, todo descolorido por el sol, ahora, casi putrefacto, hirviendo en la cáscara del suelo. Suficiente debilidad para que cualquier golpe dé igual. Y atrás la orquesta, una vez, un trueno, la estampida, los asesinos paralizados, una fragmentación ideal para el foco constante de los animales, que ya van, que bajan de la colina, una bola de nieve más, cada vez más rápida, como un bombo que marca el tiempo de la caída al precipicio. 

viernes

el juguete (serie) 2

Mis dedos, ya acostumbrados al precioso espectáculo que brindaban a mis ojos, intentaron encontrar desesperadamente un elemento donde posar sus preciosas contorsiones. Yo me sentía en la soledad más absoluta: para mí, no había más que sombras entre todo mi espacio. Como si la propia oscuridad se lo hubiera comido todo, y sólo me quedara la conciencia de mí mismo. Y se combinaron en mí el deseo irrefrenable de las manos por posar algo entre sus formas, y el eterno vacío de objetos que me rodeaba, que dio como resultado una convulsión que me invadió plenos los miembros, un estallido en el que no podía controlar mis acciones, en que las manos tomaban las riendas de la razón para hacerme ejecutar los más alocados movimientos.

En esta búsqueda que manifestaban claramente, como un niño demuestra que necesita comer y llora sin descanso, con una energía que lo domina desde las entrañas que en ese entonces son tan grandes e infinitas como el universo, tanteé un bulto que mis sentidos reconocieron instantáneamente. No por tener una forma particular, sino porque supe que no era un objeto mundano, convencional, que era acaso igual a todos los demás que pude haber tocado, sino porque respondía a todas las necesidades que, sin siquiera yo saberlo, tenía mi cuerpo y pretendía satisfacer. Era contorneado, firme, acaso un tanto peludo, con una textura que a mi mano le resultaba placentera, como si hubiera hallado el lugar ideal para posarse hasta la muerte. Se paseaba en su forma que empezaba a resultarle grande, casi inabarcable, penetrada por la oscuridad que la convertía en un misterio cuyo final estaba lejos, en un plano que sobrepasaba mis acotados límites. Pero fue en aquel momento cuando mi mente comenzó a intervenir en la ya siniestra aventura de mi percepción, para reconocer al objeto en lugar de dejarlo librado a las interpretaciones. Y la palabra que vino a mis pensamientos me espantó de tal modo que por un instante tuve que apartar mi mano de él, para no sufrir la sensación de estar pensando exactamente lo que estaba sintiendo. No era una palabra siniestra, ni siquiera extraña, sino más bien lo contrario: por eso tuvo un efecto tan adverso en mí. Se refería a, quizás, la cosa más cercana que yo pudiera tener aún estando solo: el estado totalmente puro de mí mismo. Ese reflejo directo que significa la desnudez total de nuestra esencia, que nos descubre sin que tengamos la posibilidad de subjetividades o dobles disquisiciones.

La palabra era yo mismo. Juguete.

lunes

el juguete (serie)



Pensar en este trabajo fue un desafío inmenso. Un gran laberinto que yo mismo me trazaba. Cuando la idea se inmiscuyó en mi mente por primera vez, sentí que me invadía un espantoso miedo, aquel horrible temor a la imposibilidad, al intento frustrado en que las circunstancias nos limitan de un modo tortuoso, recordándonos las pocas posibilidades de la existencia.

Ejercer una actividad física, es ya una desafío que sólo pueden superar algunas especies privilegiadas. Y aún más privilegiado resulta realizarla a voluntad; y fuera de toda concepción básica, se ubica el sentir cierto placer o algún desagrado en esta acción. Por eso moverme, fue para mí lo mismo que nadar entre algas espesas, esperando a devorarme con filosos dientes. Mi quietud de nacimiento, de la que nadie había intentado despojarme, me mantuvo los miembros tan entumecidos, que tenía una clara sensación de estabilidad eterna. Como si alguien me hubiera asignado un lugar en el que mantenerme mientras el tiempo me presenciaba, impávido, y yo a su vez lo presenciaba a él mutando en todas sus increíbles formas, transformando a su vez las cosas que rozaba, salvándome de su paso con una mezcla de compasión y obediencia.


Moví una mano, que anteriormente estaba rígida contra mi cadera, casi sosteniéndola. Los miembros que de ella se desprendían (aquellas largas pinzas que a mis ojos todo lo sostienen, que son herramientas mágicas, destructoras, constructoras, hábiles y suaves, de rugosidad variable, pero con un indiscutible poder de acción) se precipitaron a ejecutar un espectáculo asombroso: un paso de baile único, coordinado y en el que cada actor tenía un papel independiente. Aquel arte que de mi cuerpo se desprendía, me pareció el paradigma de la perfección teatral, combinado con la fantástica habilidad de asir. Tenía en mí, y sin haberlo sabido nunca, la conjuración única del movimiento, el sentimiento y la articulación. Eran mis manos el escenario perfecto para que los más talentosos actores del mundo expusieran libres sus sentimientos más hondos, aquellas enredaderas oscuras que les penetran el alma hasta que todos sus desechos podridos deben ser expulsados en un irrefrenable resonar de tablas.

sábado

el ataque


Me atacó la blancura en el fondo de la mente. Quizás nades entre los albores de los sueños. ¿Cómo descifrar el nombre que se esconde detrás de todos los nombres que se piensan?


Luego me sucumbió un temblor desde la punta de los pies hasta los tobillos. Similar, pienso en un instante muy denso, al espasmo que me producía el verte recorriendo los intersticios de mí que me ocupé de ocultar tras años de trabajos internos.


Me atareó la idea de crearte otra vez para encontrar en tu nueva forma las faltas fatales que llevaba la primera: en especial, el rasgo indiscutible de la ausencia. Para rellenar tu vacío en el mullido sillón, basta que no exista tal nada. Así de conformes se han sucedido las cosas: así resultás de entre todas mis preocupaciones, la más solventable. La menos.


El carácter relampagueante de mis letras no debe asustarte: ni yo descifro los mensajes que desde la extraña catarata que me avasalla, intento codificar en suaves dosis lingüísticas. Parecen, te recuerdo, el movimiento siniestro de la cortina cuyo origen nunca fuimos capaces de descifrar - en la importancia atribuida está todo -

Después de eternas consultas inconexas, toda recomendación se resume a que deje de escribirte, porque diseñar extraños textos con el cuerpo ha dejado resquicios en mi mentalidad que no podré reparar ni con grandes dosis de pastillas, ni con tratamientos externos, ni con el olvido siquiera. Ahí es donde tomarte otra vez no resulta fácil: tendré que matarme primero.