lunes

el juguete (serie)



Pensar en este trabajo fue un desafío inmenso. Un gran laberinto que yo mismo me trazaba. Cuando la idea se inmiscuyó en mi mente por primera vez, sentí que me invadía un espantoso miedo, aquel horrible temor a la imposibilidad, al intento frustrado en que las circunstancias nos limitan de un modo tortuoso, recordándonos las pocas posibilidades de la existencia.

Ejercer una actividad física, es ya una desafío que sólo pueden superar algunas especies privilegiadas. Y aún más privilegiado resulta realizarla a voluntad; y fuera de toda concepción básica, se ubica el sentir cierto placer o algún desagrado en esta acción. Por eso moverme, fue para mí lo mismo que nadar entre algas espesas, esperando a devorarme con filosos dientes. Mi quietud de nacimiento, de la que nadie había intentado despojarme, me mantuvo los miembros tan entumecidos, que tenía una clara sensación de estabilidad eterna. Como si alguien me hubiera asignado un lugar en el que mantenerme mientras el tiempo me presenciaba, impávido, y yo a su vez lo presenciaba a él mutando en todas sus increíbles formas, transformando a su vez las cosas que rozaba, salvándome de su paso con una mezcla de compasión y obediencia.


Moví una mano, que anteriormente estaba rígida contra mi cadera, casi sosteniéndola. Los miembros que de ella se desprendían (aquellas largas pinzas que a mis ojos todo lo sostienen, que son herramientas mágicas, destructoras, constructoras, hábiles y suaves, de rugosidad variable, pero con un indiscutible poder de acción) se precipitaron a ejecutar un espectáculo asombroso: un paso de baile único, coordinado y en el que cada actor tenía un papel independiente. Aquel arte que de mi cuerpo se desprendía, me pareció el paradigma de la perfección teatral, combinado con la fantástica habilidad de asir. Tenía en mí, y sin haberlo sabido nunca, la conjuración única del movimiento, el sentimiento y la articulación. Eran mis manos el escenario perfecto para que los más talentosos actores del mundo expusieran libres sus sentimientos más hondos, aquellas enredaderas oscuras que les penetran el alma hasta que todos sus desechos podridos deben ser expulsados en un irrefrenable resonar de tablas.

sábado

el ataque


Me atacó la blancura en el fondo de la mente. Quizás nades entre los albores de los sueños. ¿Cómo descifrar el nombre que se esconde detrás de todos los nombres que se piensan?


Luego me sucumbió un temblor desde la punta de los pies hasta los tobillos. Similar, pienso en un instante muy denso, al espasmo que me producía el verte recorriendo los intersticios de mí que me ocupé de ocultar tras años de trabajos internos.


Me atareó la idea de crearte otra vez para encontrar en tu nueva forma las faltas fatales que llevaba la primera: en especial, el rasgo indiscutible de la ausencia. Para rellenar tu vacío en el mullido sillón, basta que no exista tal nada. Así de conformes se han sucedido las cosas: así resultás de entre todas mis preocupaciones, la más solventable. La menos.


El carácter relampagueante de mis letras no debe asustarte: ni yo descifro los mensajes que desde la extraña catarata que me avasalla, intento codificar en suaves dosis lingüísticas. Parecen, te recuerdo, el movimiento siniestro de la cortina cuyo origen nunca fuimos capaces de descifrar - en la importancia atribuida está todo -

Después de eternas consultas inconexas, toda recomendación se resume a que deje de escribirte, porque diseñar extraños textos con el cuerpo ha dejado resquicios en mi mentalidad que no podré reparar ni con grandes dosis de pastillas, ni con tratamientos externos, ni con el olvido siquiera. Ahí es donde tomarte otra vez no resulta fácil: tendré que matarme primero.

martes

etapas

todo nos parecía enorme. sanguinario, trágico hasta el pescuezo, extremo, colorido, proveniente de un lugar que parecía desconocido, los sentidos agudizados en un sonido imperceptible (todos los sentidos).



llorábamos sin quererlo al tener sexo porque sentíamos que las manos del otro eran cuchillos sacándonos la piel de a trozos grandes y cuadrados, y reíamos cuando un hombre moría en plena calle, porque pensábamos que era un show de payasos. con narices rojas y pies grandes como aletas, saltando entusiasmados para ganar plata en un semáforo. las manzanas parecían cocodrilos y las comíamos con culpa pensando que faltábamos a las leyes de la naturaleza, pero eran nuestras preferidas, después de los elefantes que nos parecían chocolates amargos y calientes.



los escalofríos venían con el calor del mediodía porque los icebergs siempre se asomaban de noche, cuando el mar ondeaba en olas gigantes y nos bajaba la presión bruscamente. las flores que nos brotaban cuando nos golpeábamos las usábamos después para decorar las fiestas de fiebre, en las que el afectado bailaba liviano y seco, y parecía un enano sobre todo si era un niño.



teníamos cierto fanatismo hacia lo imaginario. luego despertamos, y nuestras madres ya tenían preparada la cena, cuya forma era la de un recuerdo lejano con el que jugábamos en los atardeceres de verano.



cuanto menos de verano, mejor

renacimiento


resurgí, ahora soy mis dos caras

está posando en mi mano mi rostro desvalido

mientras sobre el cuello, altiva, la segura se erige

escupe al mundo lagartijas de acero

que se pudren sobre el asfalto y luego

se encarnan a la tierra,

maté mis yoés sin piedad de mí,

quedamos sólo imágenes proyectadas

sobre cada cielo negro en todo punto del planeta,

somos los rostros reveladores y farsantes

que claman sus verdades con las bocas torcidas.

ya no debo temerle a la muerte prometida

que acecha mis huesos a cada paso del tiempo:

no soy alma ni cuerpo ni deseo ni soy

sólo el contorno de mi rostro tan trazado

sólo el fulgor de mis ojos cuando la luz se cierne sobre el bosque:

las miradas que quieran mirarán sus rostros

ya la de mi mano, torcida

como la que sostiene mi cuello con gesto reverente

y los desnudarán si quieren de sus antiguos estigmas

para dejar a pleno fuego la eterna carne de las imágenes.

viernes

escupitajos


escupitajos que van cayendo en preciosa mecánica circular, pero con un detalle que resulta indispensable mencionar: el sujeto colocado en el mayor puesto, nunca recibe su correspondiente castigo. he aquí el agujero negro de la miseria económica que corroe los albores de la tierra de montes, ríos, mares contaminados y extrañas selvas pobladas de enanos con barbas reflejadas en intensos caminos de lodo que se tragan acaso los finos zapatos que, al menos en términos de ideas del vendedor, son ideales para andares arriesgados, para la penetración en los inesperados charcos que nunca habrá de esperar un hombre de negocios, aquel que se sorprende si apenas su suela lustrada se topa con el rebote de una baldosa, que al estar floja y entrando en equilibrio con su peso, respondió con un salpicón certero en el centro de su rodilla. recordando viejas aventuras de marihuana, su viaje ha terminado hace tiempo: nada entre el lodo de una epifanía que no concretó jamás, en la que continúa creyendo aunque las líneas trazadas con desgano por su economista le hayan develado, en cada uno de sus puntos tan poéticamente correspondientes entre sí, que en el mundo no hay otra miseria que la monetaria, que no hay otra ganancia que la perdida, que los hombres pobres son el regalo más perfecto que ha concebido dios para los hombres pecadores





pensar la palabra y complacerla en concreta relación con el mundo que se jacta de representar, es lamer las partes púdicas de viejos hombres arrugados, con las corbatas fantásticamente ajustadas y una mano manchada de tabaco en el bolsillo manchado de pastillas para dormir durante ocho horas seguidas, sin posiblidad alguna de despertar ante la noche manchada por el ladrido de un perro, afilados los dientes, la mirada furtiva hacia un sujeto que lo punza, sólo visible a sus sentidos maquiavélicos. comprar el boleto hacia un pueblo alejado, de no más de cien habitantes de no menos de sesenta años cada uno, o uno cada dos: si lo seguro está temblando, rebosante de ternura entre los dedos, calumniando sin saberlo las bellezas trabajadas - son ellos mismos, belleza en leve movimiento -, si el sabor de las cortinas incineradas recuerda al hundido recuerdo de un amor ultrajado a gradísimos bajo cero, migrañas en continuo estallido mental se ocuparán de mecer las ideas en cuchetas arrinconadas. mandarán a sus amos a morir a la hoguera:



montes, turbios ríos asesinos, llanuras eternas y perturbadoras, el cantar de un pájaro aún sin especie, plantas burlándose de la estática del cemento y un clamor eterno entre los árboles: nada de lo que aquí se nombra, es lo que se nombra. no puede pronunciarse ya lo que se quiso, ha muerto un dios entre las olas de este océano turquesa, que transparenta generoso las blancas rodillas de un niño.